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Pilar Adón: «La literatura muestra otras realidades, pero no sé a cuánto público llegan esos libros, mientras que, en cambio, las fórmulas tradicionales se siguen manteniendo con fuerza»

Pilar Adón (Madrid, 1971) escritora y traductora, nos ha dedicado un rato para pensar el tema de la (no) maternidad, de la hijidad, de los cuidados y miedos que ciertas decisiones nos acompañan a las mujeres a lo largo de nuestra vida. Conversamos a partir de sus poemarios. 

En Mente animal ya se atisba el tema de la hija-niña, pero ¿ha habido algún detonante que haya hecho el cambio entre Mente animal y Las órdenes?

Mente animal todavía bebe mucho del anterior poemario, titulado La hija del cazador, que se centraba en gran medida en uno de los temas que más me han interesado siempre: la naturaleza no domesticada ni ajardinada que nos rechaza o nos acoge como seres humanos en sus pautas y sus ritmos. El paso a Las órdenes se produjo, como sucede siempre, a raíz de nuevas experiencias y nuevas lecturas. No abandoné el tema de la naturaleza, que sigue muy presente en todo lo que escribo, pero sí que derivé hacia las relaciones familiares, las dependencias emocionales y físicas y, sobre todo, hacia el tema de los cuidados. Comprendí que llevaba años cargando con una especie de “culpa” que se me había echado encima por mi decisión desde muy joven de no ser madre. Y pensé que quizá había llegado la hora de deshacerme de ese fardo y dejar a un lado el pudor. Ahora, con 48 años, la presión ya no existe, pero en la década de los treinta se me repitió con frecuencia que era una egoísta, que me iba a perder lo mejor que le podía pasar a una mujer y, además, que si no tenía hijos iba a estar sola cuando fuera vieja y no tuviera a nadie que me acompañara en mis cumpleaños, en Navidad… Se me condenó directamente a la soledad, y yo me resigné a cargar con semejante amenaza sin atreverme a responder. En Las órdenes, dejé manar esa realidad y la salpiqué de otras consideraciones sobre lo que significa no ser madre, pero sí hija.

¿Por qué se habla menos de hijidad que de maternidad?¿Es un tema/término que deberíamos poner más sobre la mesa?

Siempre se es hija, incluso de una madre ausente. Ninguna mujer nace madre, pero es evidente que todas nacemos hijas. Así que imagino que es esa inevitabilidad lo que hace que no se analice demasiado el fenómeno de la “hijidad”, como dices. Lo habitual es la idealización de la madre, la adoración a la madre, o, en el extremo opuesto, la recriminación por los errores de la madre que, creemos, pervierten nuestro carácter, nuestro comportamiento, y pasan a definir también nuestros errores. Yo nací en el año 1971, una década en que las madres eran aún cómplices del patriarcado y se encargaban de perpetuar sus esquemas. La hija iba a ser su reflejo, su heredera, su continuadora, quien asumiera su rol familiar y fuera una «pequeña madre» en la familia. Curiosamente, tras el análisis de esta realidad empecé a preguntarme por mi propia responsabilidad como hija. Si me había atrevido a poner en tela de juicio las conductas de mi madre, que contaba con sus propios condicionamientos históricos, sociales y personales, ¿dónde quedaba mi propia responsabilidad como hija consciente de serlo? ¿Me querría a mí misma como hija? ¿Y como mi propia madre? ¿Habría superado yo misma mis propias exigencias? Poco después descubrí que al sentimiento de «no querer ser como la madre» se le llamó matrofobia.

Cuando en literatura actual se habla de maternidad, ¿se están rompiendo algunas estructuras antiguas o se vuelve, de algún modo, a la visión tradicional de las madres?

Llevo un tiempo leyendo varios libros que hablan de la experiencia de tener hijos de una manera que me parece muy franca y muy sana. Títulos como El nudo materno (1976), de Jane Lazarre, o La mujer helada (1981), de Annie Ernaux, son muy representativos y muy necesarios. De todas maneras, tengo la impresión de que las presiones sociales que se empeñan a diario en que las mujeres seamos, por encima de todo, madres siguen muy presentes. Los anuncios edulcorados con bebés regordetes y preciosos, las madres sonrientes jugando durante horas con sus bebés sobre un suelo acolchado en cualquier publicidad de pañales, las indicaciones sobre que lo mejor que le puede pasar a una mujer es convertirse en madre… La literatura muestra otras realidades, pero no sé a cuánto público llegan esos libros, mientras que, en cambio, las fórmulas tradicionales se siguen manteniendo con fuerza. Annie Ernaux habla de la formación de una madre: del horror al parto y del horror al posparto, de tener que cuidar del bebé. Y ahonda en las diferencias que se van estableciendo día a día con la vida que sigue llevando el marido, y la vida que ya no lleva ella, cuando antes del embarazo tenían los mismos sueños, ahondando así en la constatación de la desigualdad. Estas revelaciones son muy necesarias. Es importante saber que existen otras opciones y que se puede elegir.

¿Es compatible el futuro (o presente) de las hijas con el cuidado de los padres/madres?

No sólo es compatible sino que, por el momento, resulta ineludible. Si seguimos con el concepto de matrofobia, que no se trata de «un miedo a la propia madre o a la maternidad, sino a convertirse en la madre propia», y seguimos leyendo a Annie Ernaux, vemos que de lo que se trata es de no convertirse en la figura resignada, subyugada y muchas veces anulada que podíamos descubrir en nuestras madres. Las hijas queríamos que eso «no nos pasara a nosotras». No deseábamos renunciar a otras realidades, viajar, aprender, y, para ello, huíamos del papel asignado a la mujer en el hogar, que con tanta facilidad parecían haber asumido las madres. Con frecuencia he pensado que si opté conscientemente por no ser madre se debió también en parte a un deseo temprano de ser escritora. De los escritores se suele decir que son los grandes ausentes. El escritor está en otra parte, en un libro, entre sus personajes. Además, la inseguridad de no contar con un salario fijo, la dedicación absoluta que ya imaginaba que me iba a exigir la escritura y todo lo que conlleva… Yo podría comer una lata de atún si se daba el caso de no contar con mucho más, pero no podía someter a un hijo a eso. Mi «maldita mentalidad de pobre» (expresión de Marguerite Duras) me llevaba a considerar que yo podía arriesgar mi comodidad, pero no la de un vástago. Todo esto hizo que deseara menos aún una maternidad que no había deseado nunca. Dicho lo cual, y dado que, aunque no madre, sí soy hija, asumo sus cuidados porque, entre otros motivos, ahora mismo no soportaría no hacerlo.

DE LO QUE SE TRATA ES DE NO CONVERTIRSE EN LA FIGURA RESIGNADA, SUBYUGADA Y MUCHAS VECES ANULADA QUE PODÍAMOS DESCUBRIR EN NUESTRAS MADRE

Nombrar los miedos, escribir desde ellos ¿te ayuda a curarlos?

Una respuesta directa sería que no. Cuanto más escribimos sobre los propios fantasmas, más profundizamos en sus orígenes y en sus rasgos, y más nos hundimos en ellos, por lo que no creo en la escritura como terapia curativa. Más bien creo que sucede lo contrario. Supongo que siempre hay un reflejo de nuestra personalidad en lo que escribimos y en cómo lo escribimos. La propia elección de los temas, de los ritmos, de las pausas y del tono que empleamos dice mucho de nosotros, de nuestras lecturas, nuestros intereses, nuestras obsesiones. De otra manera, la actividad literaria me parecería poco verdadera y poco interesante. Los temas de los que siempre termino hablando son el miedo, el aislamiento, la soledad y la dependencia. Y conozco bien los síntomas y los efectos de todos ellos. El miedo es el gran tema que sobrevuela las relaciones familiares que me interesan como fuente y materia literaria. Las mismas relaciones familiares de las que se habla en el poemario Las órdenes y de las que se habla en la novela Las efímeras. Lo que ocurre es que en poesía no hay intermediarios. No hay tramas ni personajes tras los que esconderse. Escribir Las órdenes implicó una profundización extrema en los temas habituales que ya he mencionado: la huida, la familia, las dependencias psicológicas, físicas y literarias, las madres, las hijas, y la soledad, la buscada y la no buscada. Con una autoexigencia feroz. Sin filtros. Se impusieron la autorreferencia y una exposición mucho más evidente que la que me había permitido hasta entonces, que me llevó a pequeños descubrimientos tanto formales como de fondo. La composición fue muy intensa, casi visceral, con un lenguaje cada vez más desnudo y más riguroso.

EN POESÍA NO HAY INTERMEDIARIOS. NO HAY TRAMAS NI PERSONAJES TRAS LOS QUE ESCONDERSE

¿De qué manera ha influido en tu obra la mirada feminista?

Soy feminista, y siempre lo he sido, como lo es todo aquel que crea en la igualdad, así que no puedo saber hasta qué punto ese principio ha influido en mi manera de escribir. Supe que era feminista desde pequeña, de modo que cuando empecé a escribir ya formaba parte de mi naturaleza y de mi manera de ver el mundo. Creo que sería como preguntarme en qué ha influido en mi manera de escribir el hecho de tener los ojos marrones o el pelo liso. Como anécdota, puedo contar que cuando publiqué el libro de relatos Viajes inocentes, en el año 2005, un periodista me preguntó que por qué todos los cuentos estaban protagonizados por mujeres, lo que me sorprendió porque ni yo misma me había dado cuenta. Para mí era lo más normal. En ese momento, casi sentí la necesidad de explicarme, de justificarme, pero más tarde llegué a la conclusión de que esa pregunta no me la habrían hecho jamás si yo hubiera sido un escritor y todos los protagonistas de mis cuentos hubieran sido hombres.

         DORMITORIO

[…]ELLOS NO lo advierten

pero arrastramos un rencor en los genes

heredado de cada mujer.

Su hacha clavada en el cuerpo,

integrada en él. Donde persiste.

Observadoras y observadas.

Actuando a solas y ante el mundo.

Ansiando un descanso

sin saber descansar.

Acusando un odio que no se cura

por palabras que no tendrían que existir

Sin responder tal sin comportarnos cual,

aprovechando más.

Sin enfrentarnos a.

                     

    NEREA CAMPOS Y ALBA PÉREZ

   Fotografía: ASÍS G. AYERBE

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